Río de Janeiro: sensaciones de una ciudad “espesa”

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“Cheguei ao nome da cidade / Não à cidade mesma, espessa
Rio que não é rio: imagens / Essa cidade me atravessa”

Caetano Veloso (O nome da cidade).

Por Victoria

Cierro los ojos y pienso en Río de Janeiro. Siento el calor que me pica sobre los hombros y la cabeza. Siento el olor a vegetación tupida mezclada con asfalto quemado. Me coloco en el lugar donde me gustaría estar un ratito para olvidarme del invierno de estas latitudes: enfrente al mar. Abajo de la sombra de una palmera, escuchando el ruido del agua, el movimiento del mar que va y viene y de repente rompen las olas con fuerza. El olorcito a sal, la pesadez de la humedad y el “bla bla bla” de los cariocas que van y vienen a cualquier hora del día al rayo del sol.

Como amante del mar, Río era una ciudad que me llamaba mucho la atención. Tiene todos (o casi todos) los condimentos para hacerlo un lugar en el que a mí me gustaría vivir: tiene mucha agua y mucha vegetación. Tiene calor, es imponente, y la calle es EL LUGAR de los cariocas. Pero más allá de la “foto-postal” que vemos en todos lados de “Río, la Cidade Maravilhosa”, es mucho que más que esas playas anchas llena de sombrillas de colores y gente semidesnuda disfrutando de sus cuerpos al sol.

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